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El cine, como arte que es, exige cierto nivel artístico y creativo a la hora de versionar sus obras. Alfred Hitchcock no quedó contento cuando rodó en 1934 El hombre que sabía demasiado, y en 1956 la volvió a rodar consiguiendo un film de mejor calidad, con más ritmo y una narración más fresca. Lo mismo ocurrió con Scarface, de Brian de Palma, Ocean's Eleven, de Steven Soderbergh, o incluso un clásico entre los clásicos como es Ben-Hur, de William Wyler. Son versiones de películas anteriores que aportan una nueva mirada, que realzan algunos aspectos, disimulan otros y ofrecen un producto final de calidad.

Vistas las cifras, parece que los remakes son rentables. Y son un producto muy atractivo para las productoras, que no tienen que crear una historia desde cero, sino que parten de una guión ya existente. Además el público ya conoce la historia, luego la publicidad necesaria para hacer que la gente vaya a las salas será menor. Las leyes económicas juegan a su favor, menor inversión y mayores beneficios.

En contraposición a estos nos encontramos con remakes como Psycho, dirigida por Gus Van Sant, que no aporta nada nuevo a Psicosis, el gran clásico de Alfred Hitchcock. O Funny Games, dirigida en 1997 por Michael Haneke; quien diez años más tarde hizo una versión americana de esta misma película sin cambiar un solo plano (será que Naomi Watts llena más las salas de cine que la alemana Susanne Lotear). Existiendo una película original que funciona, ¿por qué inundar las salas con nuevas cintas que exprimen las historias hasta agotarlas?

Son muchos los críticos de cine que censuran este desmedido afán de adaptar y versionar obras por el mero ánimo de lucro. Aseguran que cuando el único sentido del cine es ganar dinero (cosa harto frecuente) se desvirtúa el sentido original del que ha sido llamado séptimo arte. El crítico y periodista Carlos Pumares llega a hablar de “la torpeza” que ha caracterizado a los directores de los remakes, que se limitan a copiar plano a plano la película ya existente. El remake no tiene por qué ser una mala palabra. Los números recientes en taquilla ciertamente demuestran que hay un público para ellos, y con los estudios cada vez más dependientes de una cosa segura - una propiedad con un atractivo preprogramado - hay pocas posibilidades de que vaya a desaparecer en el corto plazo , Y en cualquier caso, las películas de terror son quizá las más predispuestas al fenómeno que cualquier otro género cinematográfico.

¿Tienden a tener éxito? ¿Comercialmente ? Claro. ¿Artísticamente ? Supongo que eso depende. Es cierto que hay un montón hechas al vapor , deseosas de sacar provecho de cualquier fondo de comercio y la nostalgia hacia sus antepasados pero otrass son hechas por la misma razón que cualquier guión se desarrolla o fuente literaria se adapta , porque sus respectivos realizadores sienten que pueden traer sus propias sensibilidades, estilos o ideas al proyecto,o por simple homenaje.

El remake es una bestia tan denostada , pero como Werner Herzog demostró con su elegante, romántico Nosferatu El Vampiro , a veces revisitar clásicos del género puede arrojar nuevas lecturas y más público. Aquí hay 10 que valieron la pena .

House of Wax (André de Toth, 1953).

The Last House of the Left (Wes Craven, 1972).

Invasion of the Body Snatchers (Philip Kaufman, 1978).

The Thing (John Carpenter, 1982).

Cat People (Paul Schrader, 1982).

The Fly (David Cronenberg, 1986).

The Blob (Chuck Russell, 1988).

Psycho (Gus van Sant, 1998).

Halloween (Rob Zombie, 2007).

Evil Dead (Fede Alvarez, 2013).

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Hugo A. Vázquez

Post-producción Audio y Video / Cine / Community Manager


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